Cultural


“Para que los signos queden discretos”, por Dominique Holvoet (Bélgica)

La noción de psicosis ordinaria nos permite la juntura entre la psicosis extraordinaria, la que se lee a partir de la forclusión del Nombre del Padre, y la dimensión del delirio generalizado que depende de la clínica que se construye en el siglo XXI y en la que el Nombre del Padre no es más que un síntoma entre otros posibles. Lacan sitúa el Nombre del Padre en el Seminario III como un significante que, como un anillo, “mantiene todo unido” [1] mientras que en el Seminario XXIII se destina el síntoma a esta función.
Así, en nuestra práctica encontramos un gran número de analizantes para los cuales esta función-sinthome presenta una fragilidad particular. Esta aserción podría extenderse por otra parte al conjunto de los sujetos que pide un análisis. Un sujeto se dirige siempre al psicoanalista porque experimenta cierta discontinuidad en su vida. La clínica de la psicosis ordinaria requiere valorar debidamente estas discontinuidades con el fin de inferir la función-sinthome que anudaba las discontinuidades sucesivas hasta entonces. Se trata siempre de saber qué estabiliza la lengua en tal caso, cuál es el punto de basta que preservaba la orden de la significación o, para decirlo en los términos del Seminario XXIII, qué escritura, qué modo de anudamiento está en juego en la relación con la palabra de este cuerpo impactado por el lenguaje. Una pequeña delincuencia, una práctica adictiva, un modo enunciativo singular, una modalidad inédita de hacer pareja pueden ser los signos discretos de una psicosis ordinaria, que son sólo los signos de una sinthomatización que mantiene junto un edificio precario.
Este edificio es en último término todo lo que viene a hacer civilización, es decir, todo lo que responde a las perturbaciones del lenguaje, al parasitado del lenguaje en el cuerpo hablante. Sin duda, es en este punto que lo que se llama civilización pasa necesariamente por el arte, particularmente cuando el programa de la civilización presenta fallos. Y también en este punto el psicoanálisis acompaña a los cuerpos que hablan – no teniendo todo el mundo vocación de alcanzar al artista. Sea lo que sea, para uno como para otro, “el arte [y el psicoanálisis] intenta operar nuevamente su milagro siempre a contracorriente” [2]. Porque hay en efecto un malestar en la civilización que es “este desarreglo por el cual cierta función psíquica, el superyó, puede encontrar en ella misma su propio agravamiento, por una suerte de ruptura de los frenos que aseguraban su justa incidencia”. En este paréntesis, Lacan retoma una frase del texto de Freud. Y prosigue por este inciso: “Falta aún, en el interior de este desarreglo saber cómo, en el fondo de la vida psíquica, las tendencias pueden encontrar su justa sublimación [3]. Lacan nombra como la rotura de frenos del Superó al carácter de intimación que comporta la voz, que impone al sujeto su significación. Ahora bien, el problema no es poner palabras a las cosas, hacer un relato, sino no ser empujado, precipitado a sufrir las palabras del Otro, revelación inefable cuya densidad de significado hace fractura y quebranta lo ordinario de la psicosis de un parlêtre.
Por esto, el psicoanálisis no es una hermenéutica. Hacer un análisis no es hacer el relato de la propia vida. Al contrario, sostenía E. Laurent, es “hacer el relato de todo lo que no hace relato, de todo lo que hace agujero, de todo lo que hace obstáculo a que uno pueda encontrarse todos los momentos que se perdió de vista” [4]. La clínica de la psicosis extraordinaria nos ha enseñado acerca de estos momentos de cristalización en los que al sujeto se le impone una escritura. La localización de los modos en los que un sujeto teje la trama sobre el agujero permite evitar esta precipitación por lo que se nombra una alucinación, una letra que de repente hace sentido, clic, ¡bum! La clínica de la psicosis ordinaria tiene en cuenta esta localización de los signos con el fin de que queden discretos.
 
Notas:
[1] Lacan, Jacques, El Seminario, libro III: Las psicosis, Buenos Aires, Paidós, 1984, p. 454.
[2] Lacan Jacques, El Seminario, libro VII: La ética del psicoanálisis, Buenos Aires, Paidós, 1988, p. 174.
[3] Lacan, Jacques, op.cit. p. 176.
[4] Laurent, Éric, Entretien avec les professeurs Magistretti et Ansermet pour la fondation Agalma, puesto en línea 28/11/2011 en el siguiente enlace: https://youtu.be/cCS9vRXIin4
 
Fuente: NLS-Minute 16, 29.3.2016.
Traducción: Margarita Álvarez.
Imagen portada: “El jardín de las delicias” (detalle) de El Bosco.
 
 
 

Leave a Reply

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *